La Luna había comenzado a menguar, pero su luz todavía se colaba entre los árboles con la terquedad de una promesa que se niega a morir.
Y yo estaba empezando a entender que el fuego dentro de mí no se apagaría. Que quizás, solo quizás, había nacido para arder.
La batalla había dejado marcas. No solo en los cuerpos, sino en las miradas. En las cosas que no se decían durante el desayuno. En la forma en que los lobos más antiguos inclinaban la cabeza cuando me cruzaban. No con sumisión, sino con