El diario tenía el olor a polvo viejo, secretos y lágrimas secas. Lo encontré en la biblioteca olvidada de la manada, donde los libros no eran sólo libros, sino advertencias disfrazadas de historia.
No tenía título, ni firma. Solo una tapa de cuero agrietado y páginas llenas de tinta que parecía escrita a fuego. Pero su voz… su voz me atravesó.
“Fui marcada. No por amor. Sino por profecía. El Alfa me ató a él por un designio más antiguo que la sangre. El lazo no era deseo. Era condena.”
Tragué