No iba a quedarme mirando. No esta vez.
Ni esperando a que Kael me salvara. Ni temblando cada vez que alguien pronunciara la palabra “enemigo” como si yo fuera una pieza frágil de porcelana a punto de romperse.
Porque no lo era.
Había sangrado. Había caído. Había perdido. Y aún así, seguía en pie.
Así que cuando el sol apenas comenzaba a colarse entre los árboles del bosque, me presenté en el campo de entrenamiento con el cabello recogido, los puños vendados y esa mirada que Kael odiaba tanto: