Aidan
La observé dormir, su respiración acompasada y tranquila contrastaba con la tormenta que rugía dentro de mí. Noelia se había quedado dormida en el sofá después de nuestra conversación, agotada por las emociones del día. La tomé en brazos con delicadeza, sintiendo su calor contra mi pecho mientras la llevaba a su habitación.
La deposité sobre la cama como si fuera de cristal. Cada vez que la tocaba, mi lobo aullaba, reclamándola. Pero había aprendido a contenerme, a respetar sus tiempos. A