Noelia
El silencio que siguió a la transformación de Aidan era tan denso que podía cortarse con un cuchillo. Mi cuerpo permanecía inmóvil, como si hubiera olvidado cómo moverse. Frente a mí, Aidan había vuelto a su forma humana, pero la imagen de sus ojos ámbar, sus colmillos y esas garras seguía grabada en mi retina.
Lo más perturbador no era lo que acababa de presenciar, sino lo que sentía. No era miedo. O al menos, no el tipo de miedo que debería sentir cualquier persona racional. Era algo m