Aidan
El aroma de la tensión impregnaba la sala del consejo. Cinco pares de ojos me observaban con una mezcla de desconfianza y preocupación mientras permanecía de pie, inmóvil como una estatua tallada en granito. Mi postura era firme, pero por dentro, mi lobo se agitaba inquieto.
—Alfa Blackwood —la voz de Marcus, el más anciano del consejo, rompió el silencio—, entendemos que has estado... distrayéndote últimamente.
Mantuve mi rostro impasible, aunque sentí cómo mis músculos se tensaban bajo