Era el rugido del motor lo único que lo mantenía conectado a la realidad. Ian apretaba el volante con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. De nuevo, la maldita sonrisa de Richard parecía no querer salir de su cabeza: “¿Has visto a tu hermanita en los últimos días?” La pregunta seguía retumbando en su cabeza, una y otra vez, como un recuerdo que se repite constantemente. No, no la había visto. No desde hacía días. Y eso era raro. Muy raro. Marcó a su número de celular. Tres ton