La sala estaba demasiado tranquila, más de lo que Ian hubiese querido. El aire estaba pesado, cargado de una tensión tan densa que parecía envolverlos a todos, incluso a los que no deseaban estar allí. La luz tenue del candelabro sobre la mesa proyectaba sombras largas en las paredes, y el sonido ocasional de un reloj que marcaba el paso del tiempo era lo único que rompía la quietud.
Ian Spencer no podía evitar sentir cómo su corazón latía con fuerza, más fuerte que de costumbre. Tenía la