Raquel
El sofá cama de Andrea era un instrumento de tortura.
El colchón tenía más muelles de hierro que espuma, y chirriaba como si estuvieran degollando a un cerdo cada vez que me daba la vuelta. Estaba convencida de que en cualquier momento los guardias iban a irrumpir para comprobar que no hubiera un asesino con hacha suelto.
Después de una hora dando vueltas, me rendí y me tumbé en los cojines deformes del sofá. Andrea roncaba como si no hubiera un mañana desde la habitación princi