Raquel
Andrea cerró la puerta del frigorífico de un portazo y soltó un gemido.
—¿Ves? ¿Qué te dije? Zona muerta de comestibles. No hay nada para comer aquí. Es una tragedia.
—Hay tostadas —dije. Tuve que quitarle un puntito de moho al pan, pero he comido cosas peores. Además, me había impuesto a Andrea sin pedir permiso. No iba a ponerme exquisita ahora con el alojamiento.
—Somos chicas en pleno crecimiento. Las tostadas solas no satisfacen.
Bufé.
—Pues a mí me valen.
—Eso es solo porque nunca