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Raquel

Nadie me había dicho cuánto dolía golpear a alguien.

Durante una fracción de segundo se sintió bien darle un puñetazo en la cara a ese imbécil engreído; Dios mío, llevaba tanto tiempo esperando hacerlo.

Pero ese placer fue seguido casi de inmediato por un dolor ardiente en los nudillos. Todavía estaba sacudiendo la mano cuando Juan se volvió hacia mí.

Se giró despacio. Muy despacio. Lentísimo.

Su mejilla apenas estaba roja por el golpe, pero sus ojos ardían de furia. Una vena en su cuell
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