Raquel
Tenía la cabeza atrapada en cemento.
Los ojos sellados.
La boca llena de algodón.
No estaba despierta, pero tampoco soñaba. Flotaba en una especie de terreno intermedio, lento y espeso, prisionera dentro de mi propio cuerpo.
Entonces sentí una mano rodeando la mía.
Javier.
Su nombre emergió entre las aguas turbias de mi mente antes de que me diera cuenta de que aquella mano era suave, pequeña. Nada que ver con las manos grandes, ásperas por el trabajo, que yo conocía.
No era Javier.
—¿