Javier
Abrí de golpe la puerta del despacho de mi padre, con tanta fuerza que rebotó contra la pared.
Todos los hombres dentro se sobresaltaron. Algunos de sus lugartenientes más leales se pusieron de pie de inmediato, las manos en las armas, preparados para enfrentarse a un intruso violento.
—Estamos en medio de una reunión, Javier —gruñó mi padre cuando vio que era yo—. Espérame fuera.
No me moví.
—La mierda que estés tramando puede esperar.
—¿“Mierda”? —sus ojos se estrecharon hasta converti