Raquel
La siguiente vez que abrí los ojos, estaba fuera.
Una brisa fresca recorrió mi piel recalentada. Me sentía un poco más lúcida. Lo suficiente como para reconocer el brazo fuerte rodeando mi cintura, al menos.
—Javier.
Pronunciar su nombre me costó un esfuerzo real. Intenté sostenerme por mí misma, pero me desplomé con más peso contra el muro firme de su pecho.
—¿Estoy…?
—Déjame sacarte de aquí —dijo, dándome una palmada en la cintura; su mano se extendía sobre mis costillas como u