Raquel
Javier tenía el brazo rodeándome la cintura. Su mano encajaba contra mí con una precisión perfecta.
Como si estuviéramos hechos para esto.
Estábamos en la joyería, rodeados de diamantes que centelleaban por todas partes. Javier me observaba mientras me probaba anillo tras anillo. Cada vez, arrugaba la nariz y negaba con la cabeza.
—Ya me he probado toda la tienda —me reí.
—Ninguno es lo bastante bueno. Te mereces lo mejor.
Me puse de puntillas y le besé la mejilla.
—Ya tengo lo mejor. T