Javier
—¿Bueno? —gruñó papá. Puso una mano sobre el escritorio que alguna vez había sido suyo. Le gustaba reclamar su trono cada vez que visitaba mi oficina en casa, un recordatorio de quién creía él que mandaba de verdad—. Dime lo que sabes.
Me recosté en el sillón frente a él.
—Dos guardias de los Figueroa estaban en el restaurante la otra noche, cuando Raquel y yo cenamos.
—¿Qué averiguaste antes de matarlos?
Miré a Víctor, que estaba en la esquina. Bajó la cabeza.
Volví a mirar a mi padre