Javier
Cada vez que ella gemía, apreté los dientes. Mi cuerpo se tensaba únicamente para no hacer algo de lo que me arrepentiría.
—Esto es increíble —dijo Raquel, deslizándome su plato—. Prueba un bocado. En serio.
—Cada uno tiene el suyo, ¿sabes? No tenemos que compartir.
Ella cortó un trozo de tarta de queso y me lo ofreció.
—Solo guarda silencio y pruébalo.
Tenía esa mirada en los ojos—esa chispa irritante, intoxicante, de “no me rindo”—así que, con un gruñido, le quité el tenedor de la mano