Javier
Fernanda ni siquiera se molestó en tocar. Entró en mi despacho con un esmoquin colgando del brazo.
—Tú y Raquel tienen reserva en Boulon dentro de noventa minutos.
No me molesté en mirarla.
—No me interesa.
Antes de que pudiera siquiera fingir estar absorto en mi trabajo, Fernanda dejó mi esmoquin sobre mi escritorio. Cayó justo sobre mis brazos mientras ella se inclinaba y me empujaba el pecho con un dedo.
—Tu esposa está desas-tre-sa-da —aplaudió—. Se lo ve en la cara. Intentó disimula