Angelica abrió los ojos con lentitud. Un dolor punzante le apretaba las sienes. Parpadeó confundida, miró la pijama de seda celeste que llevaba puesta y no reconoció. La noche anterior era un borrón: vino, lágrimas, la voz de Mateo al teléfono… y luego nada.
De pronto, un recuerdo borroso la golpeó: los brazos de él cargándola, sus labios rozando su frente, su cuerpo cálido junto al suyo en la cama. Se sentó de golpe, el corazón acelerado.
—No… no puede ser —susurró, abrazándose las rodillas—. M