Angelica abrió los ojos con lentitud. Un dolor punzante le apretaba las sienes. Parpadeó confundida, miró la pijama de seda celeste que llevaba puesta y no reconoció. La noche anterior era un borrón: vino, lágrimas, la voz de Mateo al teléfono… y luego nada.
De pronto, un recuerdo borroso la golpeó: los brazos de él cargándola, sus labios rozando su frente, su cuerpo cálido junto al suyo en la cama. Se sentó de golpe, el corazón acelerado.
—No… no puede ser —susurró, abrazándose las rodillas—. Me acosté con mi estudiante. Soy una profesora, una mujer casada… estoy loca. Completamente loca.
La puerta se abrió despacio. Mateo entró con una bandeja: café humeante, tostadas, fresas cortadas y un vaso de jugo de naranja. Vestía una camiseta gris que marcaba sus hombros anchos y sonreía con esa calma que siempre la desarmaba.
—Buenos días, hermosa —dijo suave, dejando la bandeja en la mesita—. ¿Cómo te sientes?
Angelica se cubrió con la sábana hasta el cuello.
—¡Fuera! ¡Sal de aquí ahora mis