Angelica le pidió al chofer que la llevara a distintos lugares. Estaba decidida a empezar de cero, aunque el vértigo le apretaba el pecho con cada calle que dejaban atrás. Durante casi media hora observó vecindarios que no la convencían: fachadas frías, edificios demasiado ostentosos o calles que le devolvían una sensación conocida de encierro.
Hasta que lo vio.
El edificio era modesto, de apenas tres pisos, pintado de un blanco crema ligeramente desgastado por el sol. Los balcones pequeños estaban llenos de macetas, algunas rebosantes de flores, otras con plantas que parecían resistirse, tercas, a marchitarse. No era lujoso, pero tenía ventanas amplias que dejaban entrar la luz natural, como si el lugar se negara a vivir en penumbras.
Eso bastaba.
El taxi se detuvo frente a la entrada y Angelica bajo, con seguridad, ya no se sentía atrapada.
Al acercarse a la entrada, el portero —un hombre de rostro afable y uniforme sencillo— levantó la vista y la saludó con cortesía.
Angelica, le de