La noche se arrastraba lenta y pesada en el penthouse. Sophie yacía en la habitación de invitados, con las sábanas frías contra su piel, mirando el techo en penumbras. El rechazo de Cristian dolía como una herida abierta: no dormir juntos, no tocarse, solo ese muro invisible que él había levantado. Se sentía rechazada, como si su amor fuera una carga que él no quería llevar. Las lágrimas rodaron por sus mejillas, pero las secó con rabia. No se rendiría. Si él dudaba, ella le mostraría la verdad: que lo amaba con cada fibra de su ser.
Se levantó, sintiendo como su corazón latía estrepitosamente. Se quitó la camiseta y los shorts, quedando completamente desnuda. La luz de la luna se colaba por las cortinas entreabiertas, delineando sus curvas generosas: pechos llenos y pesados con pezones oscuros ya endurecidos, cintura marcada que se abría en caderas anchas y redondas, vientre suave con una ligera curva femenina, muslos gruesos que se rozaban al caminar, y el trasero firme y elevado que