No sé cuánto tiempo pase encerrada en el baño. El solo hecho de que existiera la mínima posibilidad de que él estuviera cerca de mí hacía que todo se me revolviera por dentro, como si el estómago se me retorciera en un nudo imposible de deshacer.
Me lavé el rostro con agua fría, respiré hondo, me di ánimo en silencio y salí. Volví a entrar a la habitación sin pensar que…
—¿Hace cuánto están aquí? —preguntó Viktor, con los ojos enrojecidos y llenos de lágrimas que apenas contenía.
—Yo llegué hace poco —respondí—. Estaba en casa de Blanca y…
Sin esperarlo, me abrazó con tanta fuerza que casi me quitó el aire. No entendía nada. Me aterraba que Larry despertara en ese preciso instante, que abriera los ojos y viera aquella escena, y que todo se volviera aún más caótico de lo que ya era.
—¿Estás bien? ¿Qué sucede? —le pregunté, dándole palmaditas torpes en la espalda, sintiendo cómo temblaba contra mí.
—¡Estoy a punto de perder a mi hijo! —dijo entre sollozos que le rompían la voz—. La razó