Nos quedamos en el estacionamiento. Durante unos segundos, mis manos aún temblaban.
—¿Mamita, qué pasa? ¿Por qué estamos aquí?
La voz delicada de Sophie me sacó de mis pensamientos.
—No es nada, amor —me giré para mirarla y tomé sus manos—. Solo estoy un poco cansada, así que me detuve un momento. Ya nos vamos.
Mientras conducía, no dejaba de mirar por el retrovisor; tenía que cerciorarme de que ya no hubiera peligro. Cada sombra, cada auto detrás de nosotros, parecía latir como una amenaza sil