Nos quedamos en el estacionamiento. Durante unos segundos, mis manos aún temblaban.
—¿Mamita, qué pasa? ¿Por qué estamos aquí?
La voz delicada de Sophie me sacó de mis pensamientos.
—No es nada, amor —me giré para mirarla y tomé sus manos—. Solo estoy un poco cansada, así que me detuve un momento. Ya nos vamos.
Mientras conducía, no dejaba de mirar por el retrovisor; tenía que cerciorarme de que ya no hubiera peligro. Cada sombra, cada auto detrás de nosotros, parecía latir como una amenaza silenciosa que me oprimía el pecho.
Llegamos a la casa de Blanca, un leve presentimiento me invadió. Pero ignoré; no arruinaría el cumpleaños de mi amiga.
Bajamos del carro y Sophie saltó con esa energía que solo tienen los niños cuando saben que van a un lugar que sienten como suyo.
La puerta se abrió de golpe y Blanca apareció con una sonrisa enorme, el pelo recogido en un moño desordenado y harina en la mejilla.
—¡Mis dos mujeres favoritas! —gritó, extendiendo los brazos.
Sophie corrió y se abr