Los vestigios humeantes del pequeño pueblo permitieron que el amanecer se filtrara. El silencio era tan denso que parecía oprimir los pulmones. Aria, envuelta en el manto de la mañana, miraba desde lo alto de una colina. Lo que sucedió la noche anterior todavía le hacía temblar las manos. El ataque había sido violento y veloz. Los lobos del Alfa Sombrío, a su paso, solo dejaron ruinas y miedo.
Eidan con una venda en su brazo estaba al cuidado de los heridos, con el rostro endurecido. Nerya