Cuando Aria, Neyra, Eidan y Raiden se alistaron para irse, el alba se iba filtrando entre las nubes grises. El claro donde habían pasado la noche con el grupo de viajeros todavía estaba cubierto por la neblina.
El fuego se apagaba despacio, dejando tras de sí un rastro de humo que subía al cielo como si fuera un suspiro. Los hombres y mujeres que los habían acompañado permanecían callados, probablemente porque sabían que las rutas del norte no perdonaban a aquellos que las cruzaban sin tener u