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El contrato reposaba sobre el escritorio de caoba como una sentencia judicial.

Aryanna observaba el documento desde su silla, consciente de la presencia de Silvain a su izquierda y del abogado Mercier al otro lado del escritorio. El francés —un hombre de unos cincuenta años con gafas de montura dorada y traje gris impecable— había llegado esa mañana sin previo aviso, convocado por Silvain para "formalizar ciertos aspectos de la relación la

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