—No va a usarme para encerrar a Silvain.
Aryanna lo dijo de pie en el pasillo de la clínica, con la manta de Matías sobre los hombros y el teléfono de Inés todavía encendido entre todos.
Céline estaba en la puerta del cuarto de observación, despeinada, pálida y furiosa. Emilia se había sentado en la cama con la espalda recta, como si el cansancio no pudiera tocarla mientras alguien pronunciara el apellido Beaumont. Teresa, a su lado, apretaba las manos sobre la manta. Matías permanecía cerca de