El sonido del taladro me despertó. Abrí los ojos de golpe, desorientada por unos segundos hasta que recordé dónde estaba: en mi prisión de lujo, en mi jaula dorada. Me incorporé en la cama y me froté los ojos. El ruido continuaba, metálico y persistente.
Me levanté y me acerqué a la ventana. Desde allí podía ver a León en el jardín, con una escalera apoyada contra la pared de la casa. Llevaba una camiseta negra que se le pegaba al cuerpo por el sudor, a pesar de que la mañana era fresca. Sus mú