El amanecer apenas se insinuaba cuando el sonido de un motor rompió el silencio. León se incorporó de un salto, con la mano ya sobre el arma que guardaba bajo la almohada. Isabella, a su lado, despertó sobresaltada.
—No hagas ruido —susurró él, deslizándose fuera de la cama con movimientos felinos.
Se asomó por la ventana con cautela, manteniendo su cuerpo fuera del campo visual de quien pudiera estar observando. La tensión en sus hombros se aflojó ligeramente.
—Es Mateo —murmuró, aunque no baj