Las palabras de Eirik aún resonaban en mi cabeza como un eco macabro. Mi cuerpo temblaba, no de frío, sino de la devastación que me carcomía por dentro. Mi padre era un asesino. Un traidor. Un monstruo. Y yo era su hija.
Las lágrimas nublaron mi visión. La imagen de mi madre, con su sangre tiñendo el suelo del bosque, se instaló en mi mente como una maldición. Mi padre la había matado. Mi propia carne y sangre había arrebatado su vida con sus propias garras.
—No… —