La madrugada llegó con un susurro de presagios. Ni la bruma ni el frío lograban aplacar el calor que latía en el pecho de la aldea. Desde que Aldan regresó del Cementerio de Lobos, todo había quedado suspendido en un estado de irrealidad, como si el mundo hubiera exhalado un aliento contenido y aguardara, expectante, el siguiente latido del cosmos.
Al despuntar el alba, los primeros rayos de luz se filtraron por las copas de los árboles, revelando un paisaje casi irreconoci