El viento silbaba entre los árboles, agitando las ramas desnudas como espectros que susurraban advertencias en la noche. El suelo estaba húmedo y cubierto de hojarasca, haciendo que cada paso fuera traicionero. Pero no podíamos detenernos.
Corrimos.
Eirik sostenía mi mano con una fuerza desesperada, guiándome a través de la espesura mientras nuestros pies golpeaban la tierra con un ritmo frenético. Mi corazón latía con tal violencia que sentía que se