Los brazos que me rodearon eran fuertes, cálidos, pero mi cuerpo se tensó al instante.
—Eirik… —susurré, reconociendo su olor antes de verlo.
Él no dijo nada de inmediato. Solo me sostuvo, como si necesitara anclarse a algo en medio de una tormenta. Yo también lo necesitaba, pero la tensión en su cuerpo me dijo que no había venido solo a consolarme.
Me giré lentamente, y sus ojos —siempre intensos—ahora parecían contener un secreto que