El aire me ardía en la garganta. No podía respirar. Y cuanto más lo intentaba, más sentía que mi cuerpo se encogía en una espiral que no podía detener. Las paredes de mi oficina, tan amplias y modernas como siempre, ahora parecían encogerse sobre mí, presionándome el pecho como si quisieran estrangularme. El cuero de la silla crujía bajo mi peso cuando me impulsé hacia el borde del escritorio, buscando algo a lo que aferrarme. Sentía las manos frías, los dedos entumecidos. El corazón golpeaba c