Nunca me gustaron los tratos que llegaban con una sonrisa falsa. Ni los que se ofrecían en bandejas de plata, como si mi voluntad pudiera envolverse con un lazo de terciopelo.
Y, sin embargo, allí estaba. Frente a mí. Una oferta tan elegante y pulida como un diamante... con olor a sangre.
La sala de reuniones del ala oeste de la mansión estaba bañada por una luz mortecina, el tipo que parecía saborear el drama. El señor Damiani, un emisario de una de las familias rivales —o aliadas, según el dí