El frío de la madrugada se colaba hasta mis huesos, pero no me importaba. La adrenalina que corría por mis venas era suficiente para mantenerme alerta y despierta. El reloj marcaba las tres, y yo caminaba con paso firme hacia el lugar que Alessio me había indicado: un viejo almacén abandonado a las afueras de la ciudad, lejos de miradas indiscretas y teléfonos rastreables.
Cada sombra me parecía un enemigo, cada crujido del suelo, una señal de peligro. No podía permitirme un error, menos ahora