El reloj marcaba las tres de la mañana cuando marqué su número. Lo hice en automático, sin pensar demasiado, como si mi corazón tomara el control de mis dedos. Afuera, la noche envolvía la villa con ese silencio espeso que solo se quiebra con susurros de hojas movidas por el viento. No podía dormir. No después de lo que había descubierto.
La llamada tardó en conectar. Un par de tonos que me parecieron eternos. Por un instante, dudé. ¿Y si estaba dormido? ¿Y si no quería saber más de mí? ¿Y si y