El polvo se me metía en la nariz y en el alma.
Estaba sentada en el suelo del despacho de mi padre, ese que había permanecido cerrado con llave desde su muerte, como si fuese un mausoleo. Los rayos del sol se filtraban por las persianas entrecerradas, proyectando líneas doradas sobre las alfombras persas y los muebles de roble oscuro. Cada rincón olía a cuero, a papel antiguo, a secretos. Secretos que, por fin, tenía el valor de desenterrar.
Era un impulso que no pude contener. Anoche soñé con