El reloj de pared marcaba las siete de la tarde cuando entró mi madre en mi habitación con esa expresión de hierro pulido que siempre advertía que no traía buenas noticias. Su paso firme y su mirada fija me atravesaron antes de que pronunciara una sola palabra.
—Isabella —dijo, con la voz grave y sin espacio para protestas—. En una semana anunciarás oficialmente tu boda con Roberto. No habrá más retrasos ni excusas.
Me quedé paralizada, como si esas palabras hubieran sellado un destino del que