Cristina salió del cafetín con paso firme, aunque por dentro sentía que su mundo se tambaleaba. Jessica caminaba a su lado en silencio, respetando el torbellino que sabía que se agitaba en su amiga. Ambas tomaron un taxi y se dirigieron a la empresa que pertenecía al abuelo de Cristina.
El trayecto fue silencioso; solo se escuchaba el ruido del tráfico y el suspiro profundo de Cristina mirando por la ventana.
Cuando llegaron, la joven bajó y entró al edificio con la cabeza en alto. Era la nieta