Elio llegó a su mansión pasada la medianoche. El silencio lo recibió con la misma frialdad que lo habitaba por dentro. Dejó las llaves sobre la mesa del recibidor y caminó directo a su despacho, con pasos pesados, arrastrando el peso de un día que había terminado por desbordarlo.
Lo primero que hizo fue tomar un vaso de cristal y servirse whisky hasta el borde. Necesitaba apagar el ruido en su cabeza, el eco de las palabras de Rubén, el sonido de la voz de Isaac llamándolo “tío”. Dio un trago l