Al día siguiente, Cristina se levantó antes que el sol. La brisa fresca de la mañana se colaba por la ventana de la cocina mientras preparaba con esmero el desayuno y los útiles escolares de su hijo Isaac, quien ese día, como todos, iría al colegio. El aroma a pan recién horneado llenaba la estancia, y una empleada la ayudaba a organizar la lonchera y dejar todo listo para la jornada.
Roxana, la madre de Elio, apareció en el umbral de la puerta con paso pausado pero firme. “Buenos días”, dijo c