—Aló —dijo Rubén, con voz serena pero cargada de intención, sin apartar la mirada de Elio.
El celular reposaba sobre la mesa, con el altavoz encendido.
La voz de un niño se escuchó débil al otro lado de la línea, temblorosa pero llena de alegría.
—¡Hola, tío! —saludó Isaac con entusiasmo.
Elio sintió que el aire le abandonaba los pulmones. Su corazón latió con fuerza desbocada, y por un segundo el vaso de whisky tembló entre sus dedos. Esa voz… esa voz delicada y pura atravesó cada defensa que