– Hijos de la mentira
El aire acondicionado de la oficina de Elio zumbaba con una monotonía metálica que solo acentuaba el silencio sepulcral del lugar. Elio estaba de pie frente al ventanal, de espaldas a la puerta, observando el tráfico de la ciudad como si fuera un general mirando un campo de batalla perdido. Había una botella de whisky abierta sobre su escritorio y un vaso medio vacío a su lado, pero su postura no era de victoria, sino de una rigidez nacida del miedo más profundo que jamás