Elio no respondió con palabras.
Tomó la hoja de papel de la carpeta y, con un movimiento brusco de la muñeca, la lanzó al aire.
La hoja planeó unos segundos, errática, antes de caer al suelo, justo al lado de los costosos zapatos de diseñador de Roxana.
—El punto, "madre" —dijo Elio, escupiendo la palabra con veneno—, es que él tenía razón.
Roxana miró el papel en el suelo y luego a su hijo.
—¿Qué es esto?
—Léelo —ordenó Elio, inclinándose sobre el escritorio, sus ojos inyectados en ira y deses