—¡Ayuda! ¡Que alguien llame a una ambulancia! ¡Papá, respira! ¡Por favor, respira!
Al llegar a la planta baja, vieron a dos empleadas domésticas corriendo hacia el despacho con toallas y rostros de pánico. Elio las empujó a un lado y entró en la biblioteca, con Cristina pisándole los talones.
La escena que encontraron los detuvo en seco.
El despacho, usualmente inmaculado, era un caos. La lámpara estaba rota en el suelo; el tintero había manchado la alfombra de tinta negra como si fuera sangre