El restaurante más exclusivo del centro brillaba con un lujo discreto. Las copas relucían bajo la luz dorada de las lámparas, el sonido de los cubiertos era un susurro elegante y el aroma del vino caro flotaba entre las mesas.
Roxana Caruso, impecable como siempre, esperaba con su copa de vino tinto entre los dedos finos y fríos. Llevaba más de veinte minutos allí, impaciente, mirando su reloj de pulsera una y otra vez. La puntualidad no era una virtud que compartiera con su sobrina.
—Siempre t