66. El rastro del dinero y un antiguo enigma
La sangre de Bianca se heló al instante. El susurro de Madame Victoria sonó inmensamente letal en sus oídos. El aroma a perfume de rosas de la anciana pareció asfixiar sus pulmones.
Bianca obligó a su cuerpo a mantener la calma. No podía permitirse mostrar la más mínima debilidad en aquella guarida de lobos.
—No entiendo a qué se refiere, madame —respondió Bianca. Esbozó una sonrisa falsa pero sumamente elegante—. No llevo ninguna rosa negra en el pelo.
Madame Victoria soltó una suave risita. L