65. Un lobo con piel de cordero
La sala de interrogatorios subterránea estaba helada. El deslumbrante foco apuntaba a los ojos de una joven sirvienta atada a una silla de hierro. Kenzo dejó una cámara de vigilancia del tamaño del botón de una camisa sobre la mesa de acero.
—Instalaste este dispositivo en el despacho del señor Hartwell —dijo Kenzo. Su tono era monótono y letal.
La sirvienta sollozaba, aterrorizada.
—No quería hacerle daño a nadie. Alguien me pagó mucho dinero por hacerlo.
Daniel estaba de pie, apoyado en la os