El aire de la ciudad siempre me había parecido más pesado que el de la mansión, pero hoy, mientras caminaba por la acera agrietada del Distrito Industrial, se sentía extrañamente limpio. No era una limpieza de fragancias de diseñador o de filtros de aire de alta tecnología, sino la pureza de lo que es real. Mis pulmones se llenaban con un oxígeno que me pertenecía solo a mí, lejos de la atmósfera controlada y asfixiante de los Vane.
Llevaba en mi bolso una carpeta gastada con los planos aproba